domingo, 16 de diciembre de 2007

Orgasmo blanco

.
Necesitaba un fin de semana así. Después de demasiadas dudas y crisis existenciales, lo mejor es recluirte y sufrirlas de lleno, sólo así reventarán dentro de ti y te harán desear poner solución a todo en lugar de lamentarte por dentro mientras a los demás sólo muestras sonrisas fingidas y muy bien interpretadas (esto se consigue tras años y años de tragarte tú solita tus problemas, sin contar con nadie para salir del pozo en que te has ahogado).


Mis compañeras de piso se han ido a sus respectivos pueblo/ciudad y yo me he quedado sola en el piso. He salido sólo a comprar comida y tabaco. He apagado el móvil para no tener que disculparme con nadie… ¿Y, qué se puede hacer un fin de semana sola en casa?

No mucho, la verdad… desde luego nada productivo. Dormir, mirar algunas páginas de internet, tocar algo la guitarra, escribir, alguna que otra peli… y desde luego, masturbarte.
Estar sola me permite hacer algo de lo que pocas veces tengo oportunidad: andar desnuda por casa. Eso me hace sentir cada roce con cada fibra que acaricie mi piel, con cualquier tipo de textura o tejido… esa sobre estimulación de la piel te vuelve hiper-sexual, te convierte en absoluta receptora de todo. Llevar ropa durante todo el día hace que nuestra piel se insensibilice, por tanto, pasearse desnuda por la casa hace que cualquier cosa te estimule sexualmente hablando y de este modo, cualquier situación sea susceptible de proporcionarte sensaciones erógenas y pensamientos de los más lascivos.

Ver la televisión, por ejemplo, y acariciarte sin darte cuenta apenas, como quien se rasca la barriga, hasta que, por algún motivo esa caricia te va estimulando, va trayendo a tu mente todo tipo de malos pensamientos, de perversiones y de fantasías… De recuerdos de algún polvo reciente, de las miradas de sus dueños, de sus gemidos, de sus movimientos…

De repente, la necesidad te acariciar tu coñito, con más precisión, haciéndolo donde sabes que te gusta y del modo que más te excita. Notar el calor por todo tu cuerpo, sentir cómo tus dedos se humedecen, poco a poco, sin prisas… introducirlos despacio, sin pretender nada, sin precisar un orgasmo, solos tú y tu cuerpo, y con todo el tiempo del mundo. Moverte al compás de tu mano, con suavidad, mirar cada uno de tus movimientos, presionar con tus muslos tu entrepierna…

Poco a poco vas notando esa necesidad de culminar, pero te paras… ¿para qué hacerlo? Puedes hacerlo siempre que quieras… Mañana podrás hacerlo en compañía, que siempre es más gratificante ;) ¿Por qué no puedes disfrutar de cada sensación, sin prisas, sin la necesidad de correrte? ¿Por qué no acariciarte simplemente para disfrutar de esa sensación tan dulce y a la vez tortuosa que es la excitación? ¿Por qué el sexo ha pasado ha convertirse en una simple carrera para alcanzar el orgasmo?

Y así, sin pretenderlo, sin necesitarlo casi, notas cómo tu cuerpo comienza a sentir un leve hormigueo, un calor sofocante. Y sigues despacio, sin prisas, sin aceleros… sin pretender nada. Comienzas a temblar, pero muy consciente de ello. No es un orgasmo fruto de la pasión, ni del deseo, no es un orgasmo fruto de las perversiones, las fantasías, la dominación o el morbo… Es un orgasmo lento, sin prisas; un orgasmo tranquilo, dulce; un orgasmo largo y continuado, de los más agradables que he sentido. Un orgasmo casi blanco… y en ningún momento pretendido.

Sólo de recordarlo creo que necesito otro, pero ahora, totalmente pretendido ;).

viernes, 14 de diciembre de 2007

¡Ya! Por favor...

.
- ¿Estás segura de esto?
- ¿Por qué, te da miedo? – te digo, rozando tus labios con mis dedos.
- No me jodas, no es miedo… es sólo que…

Me coloco frente a ti antes de que termines de hablar. Te miro a los ojos, mi cara refleja lo que mi mente quiere hacer y tú pareces notarlo porque algo empieza a luchar contra tu cremallera. Acerco mis labios a los tuyos, sin tocarlos, sin dejar de mirarte, mientras tú coges mi culo fuertemente con tus manos, acercándolo al bulto de tus pantalones. Me miras, crees ser más listo que yo, no quieres caer en mi juego y no me besas. Muevo mis caderas, para notar más tu sexo, dejo escapar un pequeño gemido.

- Quiero chupártela - digo con voz suplicante.
- Joder… ¿porque me dices esto ahora?
- Porque es la verdad – muerdo tus labios, todo lo suave que soy capaz. Rozo con mi lengua tu boca, la introduzco y mezclo con tu saliva. Acojo tu lengua dentro de mi boca, la succiono como si no fuese sólo una lengua.
Tus manos empiezan a luchar con mi correa. Tu desesperación por quitarme la ropa es todo lo que necesito para estar mojada y así permitir que tus dedos se deslicen en mi interior, para atraparlos y no dejar que escapen nunca. No podría estar más cachonda de lo que estoy ahora. Y tú lo sabes…

Chupártela… es lo único que tengo en mente. No importa lo que pase alrededor. Si ahora llegase el fin del mundo, me gustaría que me pillase por sorpresa chupándote la polla. Miro a los lados, sonrío. Sabes que nos están mirando, sé que nos están mirando.

- Quiero comerte el coño – me dices mientras me miras a los ojos.
- No… - respondo mientras te bajo la cremallera y me arrodillo frente a ti.

Con la cremallera desabrochada y los pantalones bajados, sólo lo justo, para que tu polla salte sola hacia mi boca, desaprisionándose de la cárcel de tus calzoncillos. Parece saber quién la reclama. Y mi boca parece tener un imán.
Cojo tu polla con la mano, la acaricio. Lamo la punta, despacio… No me la meto en la boca, sólo la disfruto como si de un helado se tratase. Abro la boca, la trago: despacio mi boca, más rápida mi mano…
.
- Vas a hacer que me corra… déjame comerte el coño…
- No… - trato de decir mientras te lamo.

Me apartas, no con demasiada delicadeza. Me apoyas contra la barandilla de hierro, está fría.

Bajas mis pantalones. Comienzas a acariciar mi culo desde atrás sin llegar a quitarme el tanga y te acercas a mi coñito, empiezas a notar mi humedad... Abres mis piernas y clavas tu lengua entre mis muslos. Mi clítoris empieza a quemarme. No sé si podré soportarlo mucho más.

Jugueteas con mi rajita, con mi clítoris… necesito que me la metas. Necesito que pares y me claves la polla, fuerte, sin ningún tipo de delicadeza. Pero tú pareces saber lo que deseo y pareces no estar por la labor de complacerme aún.

Vas alterando el ritmo… No llegas a follarme con tus dedos, sólo me acaricias, sólo recorres la entrada de mi vagina haciéndome desearlos dentro, mientras tu lengua me humedece entera… sabes muy bien que necesito ser penetrada de un modo u otro para correrme y lo usas en mi contra. Así sólo consigues ponerme realmente cachonda, deseando que tus deditos se introduzcan de una vez. No quieres que me corra aun ¿verdad? Pues vas por buen camino, estás consiguiendo que me desespere, que me vuelva loca deseando tu polla, estás haciendo que el calor que invade mi cuerpo se vuelva insoportable, sin que el orgasmo llegue aún. Abro más mis piernas, levanto más mi culo, para facilitarte aún más la labor.
.
- Quieres que te folle ya, ¿verdad?
- Sí… -suspiro.
- Estás deseando que te clave la polla…
- Métemela ya, por favor – suplico agarrándome a la barandilla, sin poder respirar apenas, sin saber cuanto podré aguantar esta tortura – por favor… Quiero que destroces, que me folles como a una perra…
Te levantas. Me das la vuelta. Me muerdes los labios mientras me miras, casi enfadado…
- Joder, me pones demasiado cachondo…

Me río. Casi a modo de venganza. Sé que te molesta que me ría. Y sé que te vengarás. Me vuelves a dar la vuelta, me apoyas contra la baranda, con fuerza. Coges mis pechos con ambas manos y me clavas la polla, fuerte, sin miramientos. Me duele, pero me encanta que me folles con esa violencia. Quieres que pare de reírme y lo consigues. Mi risa la callan mis propios gritos. No todas las mujeres podemos hacer dos cosas a la vez.

Acaricias mi clítoris con una mano, mientras que empujas con fuerza. Tu otra mano está en mi boca, me la tapas, quieres ver cómo me ahogo en mis propios gritos. Trato de chupar tus dedos, de morderlos, pero no tengo fuerzas… Trato de decirte que sigas follándome así, que me encanta sentir tu polla dentro, pero no me dejas.

De repente siento que el calor de mi cuerpo se dispersa, se concentra en mi pelvis… Siento como mi cuerpo se convulsiona. Siento como me muerdes el cuello mientras mis gritos, descontrolados los caya la palma de tu mano. Siento que voy a desmayarme de un momento a otro.

Cuando abro los ojos todo ha acabado. Y puedo ver a los vecinos desde sus ventanas, observando, sin disimular, sin ocultarlo en ningún momento.

martes, 11 de diciembre de 2007

...de este agua no beberé.

No importa quienes nos miren. Ni cuantos ojos se posen en nuestros gestos libidinosos, en nuestros labios húmedos, o en nuestras manos ávidas de rozar la humedad ajena... Siento como tu boca se va deshaciendo en la mía, muerdo tu labio, lo succiono, aprisiono tu lengua dentro de mi boca, quisiera que estuviese así siempre. Ahora paras, me miras coqueta, con esos ojos que harían sublevarse a varios.
- Nos mira demasiada gente – dices tímida. Sé que, a pesar de la cara que pones de pícara, la timidez que aparentas es sincera, y que de verdad te resulta extraño estar haciendo esto y más siendo observada. Sé que siempre has estado en contra de éstas cosas. Sé que siempre dijiste que no te atraían las mujeres. Y sé que unas copas de más invitan a la pasión y al descontrol, pero no siempre evitan los prejuicios.
.
- Yo no te he obligado a ponerte cachonda – digo con media sonrisa, mientras con mi mano en tu cintura trato de acercarte de nuevo a mi cuerpo y con la otra comienzo a navegar por debajo de tu falda.
.
Acaricio tu muslo, suave, noto como se eriza tu vello. Estamos sentadas, junto a la barra que está vacía, pero todo el mundo tiene su mirada puesta en nosotras. La música taladra nuestros tímpanos, las luces de colores y los focos hacen que el calor se apodere de nuestros cuerpos.
Mi mano comienza a deslizarse por el interior de tus muslos.
.
- Para – casi suplicas con miedo reflejado en tu rostro, mientras abres los muslos para ser acariciada. El cuerpo no sabe mentir.
.
- Sólo consigues excitarme más haciéndote la tímida – digo mientras me abalanzo a tus labios de nuevo como un león sobre su presa y muerdo tu lengua.
.
Mi mano continúa deslizándose por tu piel. Tus muslos, cada vez más abiertos, me están pidiendo ser devorados. Mis dedos comienzan a acariciar tu ingle, casi más bien rozarla. Ahora rozan apenas tu tanguita. Muerdes mis labios, casi sin querer, sueltas un pequeño gemido, ¿no era esto lo que querías?
.
Aparto el tanga, lo dejo a un lado y noto cómo me deseas realmente, cómo tu humedad empapa mi mano. Noto cómo te excitas. Mis dedos están en la entrada de tu vagina, no llegan a introducirse, sólo la acarician con parsimonia. Mientras, mi pulgar roza con suavidad tu clítoris… Sé lo que sientes ahora mismo... lo sientes ¿verdad? Lo sé porque soy mujer y he sentido lo mismo. Sé que notas ese calor interno, esa especie de cosquilleo previo a un orgasmo que nunca llega, ese calor sofocante, y ese placer casi doloroso que es la excitación que no termina de culminar.
.
Sé que en éste momento harías lo que te pidiera, sé que éste es el momento en que, si yo fuese hombre, me suplicarías que te metiese la polla de una vez, que te follase sin compasión, o que al menos te acariciase con más fuerza, que introdujese mis dedos en tu coñito húmedo e hiciese pequeños círculos en tu clítoris, pero no, simplemente prefiero mantenerte en éste estado en que la excitación es casi molesta, y en el que el deseo precisa ser saciado “aquí y ahora”.- Para, para por favor – apoyas tu cabeza en mi hombro, exhausta… ¿parar? No pienso darte tregua.
.
Éste es el momento. Introduzco mis dedos en tu coñito, poco a poco mi índice y mi corazón están en tu interior, mojados, empapados, y tu boca, al abrirse para emitir un gemido que al rozar mi oreja hace que mi vello se erice, acaricia mi hombro, lo humedece..
.
Mis dedos se mueven dentro de ti. Mientras tú suspiras, acaricio tu clítoris y mis dedos en tu interior exploran para hallar tu placer. Intentas besarme pero tu boca no tiene fuerzas para hacerlo y en un momento dado muerdes mi labio con demasiada fuerza, llevada a ello por el placer que te estoy provocando.Quiero, ¡no! Necesito que me supliques que te folle… Necesito que me supliques que te lleve a mi casa, que te desnude lentamente y que te ate a la cama. Que te coma entera. Necesito que me supliques que muerda tus labios (los que aún no he mordido) y que te meta cositas por el coño. Necesito que me supliques que te desgarre, y que te haga sentir lo que ningún hombre te ha hecho sentir. Lo necesito, lo necesito…
.
Pero sólo escucho gemidos, sólo escucho tu respiración entrecortada… y de repente, todo tu cuerpo tiembla, tu boca se abre, buscando la mía, noto el sudor resbalando por tu frente y cómo tu corazón bombea con fuerza. Tus mejillas sonrosadas, tus labios color sangre. Tomas aire...
.
- Sonia… - me hablas, casi suspiras…- Dime – respondo mirándote con sonrisa torcida, de victoria, de orgullo.- Vámonos a tu apartamento por favor… - dices con carita de niña buena, medio avergonzada.
.
- ¿Te has quedado con ganas de más? - pregunto con cara de vicio mientras miro tu entrepierna y me muerdo los labios - creía que decías que...
.
- Aquí hay demasiada gente - te quejas.
- Estamos muy lejos de tu ciudad, que importa que nos vean - digo intentando calmarte.
.
- No sé como he podido permitir que me hagas esto aquí, todos lo han visto, y seguro que se a notado demasiado.
- Y eso… ¿no te encanta? – respondo mientras me levanto, te despido con un beso y te dedico una sonrisa de las mías… de las torcidas, de las de victoria.